domingo, 18 de enero de 2009

Vida de ojos verdes

El pitido de la secadora, inquisidor, incesante, nos recuerda que hay algo más allá de la placidez de la siesta de un bebé de once meses. Los platos de la fregadera pueden ser todo lo decorativos que queramos cuando la cabeza está a otra cosa. A otras cosas. A todas las cosas. Las demás. Y Vida sigue dormida. El mundo se reactiva cuando suelta su primer gritito -"hola, ya me he despertado..."- pero mientras tanto la secadora puede llamarme la atención las veces que quiera: no pienso moverme.

Últimamente los nervios ponen en suspenso toda nuestra vida. Como si una hipoteca o una cocina nueva fueran alguien a quien esperar. Como un Godot que nunca viene. Como uno que si no viene se abre un abismo. Como si algo importase algo. Y Vida sigue durmiendo...

Es curioso cómo las ilusiones nos paralizan. Mi cabeza centrifuga y centrifuga y sólo para cuando me pita. Y los días no pasan y los años se marchan rápido. ¡Doce meses desde que llegó Vida! Y sigue durmiendo... Mi tesis con ella. Quizás cuando esto pase, quizás cuando pase lo otro... La hipoteca, la casa, las ganas de aprender a andar, de que aprenda a andar... Los viajes al archivo, los documentos que uno arroja al suelo... Tiempo, tiempo, tiempo. Mi cabeza con vértigo y Vida durmiendo.

Últimamente la vida se hace más apacible por momentos. Y sólo las angustias cotidianas evidencian que hay algo que se mueve ahí fuera. Como la vaca que se veía tras el ventanal de la cocina. Eso... como Vida durmiendo.

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